De plagios y estafas

Intellectualis vuelve a la carga tras una parada técnica obligada por las ocupaciones académicas de su esforzado equipo editorial. Y es que el estudio de la obra fonográfica, del concepto de intérprete y todos los contratos relacionados lleva su tiempo. La calma propiciada por la Semana Santa invita a retomar viejos temas que están en la agenda de esta web, y que invitan a hacer algunas reflexiones aunque sea a ritmo de saeta; esto es, con meditación y tranquilidad. A la manera de Machado (Cantar del pueblo andaluz, /que todas las primaveras /anda pidiendo escaleras /para subir a la cruz).

Esta noticia, tras cuya pista puso a este autor un buen amigo periodista levantino, por cierto gran experto en arte, es un magnífico ejemplo de cómo el plagio es un virus instalado en nuestra vida cotidiana. Alguien deliberadamente toma una obra ajena y la hace pasar como propia. Un vil pisoteo de los derechos de autor, muy especialmente en la vertiente moral. No es cuestión de citar ahora casos recientes de plagio que han hecho fortuna en la prensa, que los hay. Baste tan sólo señalar que en según qué lugar se produzcan y descubran estos hechos, las consecuencias son muy distintas. En Alemania, como sabemos bien, provocan dimisiones. En España, por lo general, la interceptación de un plagio no pasa de la anécdota, y rara vez merece un reproche serio. Como ejemplo, uno de los casos más sonados de España, ya antiguo y casi olvidado (lo que demuestra que entre nosotros el plagio está muy aceptado), pero no por ello menos espectacular por su repercusión en medios.

Pongámonos en situación. Año 2000. Las cadenas privadas de televisión grandes en España son sólo dos. La programación de la tarde hace unos shares de vértigo. La presentadora de uno de esos programas, en la cima de su éxito profesional, decide que es el momento de explotar su nombre y de prestigiar su carrera, por lo que se pone manos a la obra y anuncia la publicación de una novela. La expectación es enorme, especialmente entre el público incondicional de su programa de televisión, aunque no entre las elites intelectuales del país, entre las que tamaño anuncio pasa desapercibido. Sin embargo, el hecho de que una de las editoriales más grandes del país haya sido la encargada de difundir la novela, hace prever que efectivamente las ventas del libro serán elevadas. En ese momento, además, quien quería leer un libro no tenía otra fórmula más que recurrir al papel, en un momento en el que la piratería literaria era nula; es decir, que salvo préstamo de algún conocido, tendría que adquirir su ejemplar. Las ventas cumplen las previsiones y las superan, al venderse más de 100.000 ejemplares (hoy, tirar una décima parte ya tiene connotaciones de gesta). Y sucede la tragedia. La revista Interviú publica unas graves informaciones que ponen en un serio apuro a la autora: en su flamante novela hay párrafos enteros que se corresponden con novelas de, al menos, otras dos autoras. Una pastelosa escritora estadounidense, y una por entonces poco conocida en España escritora mexicana.

La noticia pronto es amplificada por todos los medios, y la escritora se ve obligada a dar explicaciones, mientras la editorial tiene que retirar del comercio los ejemplares que estaban a la venta. Y entonces se descubre que la famosa presentadora no sólo no había escrito el libro, al menos íntegramente, sino que quien había cometido el plagio había sido su “negro”, lo que destapa de paso otra triste realidad de mundo editorial. Quince años después, el oscuro episodio, que nos dejó a todos con un sabor agridulce, no ha impedido que la presentadora se haya hecho de oro con su trabajo en televisión (hoy en las mañanas), que continuó como si tal cosa, y con su productora, la cual genera grandes beneficios. Queda claro que en España, plagiar es un factor de prestigio.

Portada Sabor a hiel

Pero plagiamos aun de manera inconsciente. En el fondo es difícil, a estas alturas de la historia, originar ideas completamente nuevas. Todas esas nuevas ideas, y su forma de expresarlas, tienen parte de su alma en otras preexistentes. La originalidad total es patrimonio de unos pocos. Pero claro, otra cosa el que corta y pega sin el menor remilgo.

El plagio, por sorprendente que pueda parecer, no está en la Ley de Propiedad Intelectual. En la legislación española está recogido en el Código Penal (artículo 270), lo que podría llevar a pensar que el legislador español ha querido reservarle las consecuencias más duras. El tipo penal, tal como aparece en la ley, es muy amplio y ha sido interpretado y matizado por la doctrina.

Será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años y multa de 12 a 24 meses quien, con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero, reproduzca, plagie, distribuya o comunique públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la autorización de los titulares de los correspondientes derechos de propiedad intelectual o de sus cesionarios

Existe otro caso de falseamiento que es especialmente común en obra gráfica. Consiste en copiar una obra y explotarla no como propia, sino como si la autoría fuera del autor original. El ejemplo más claro es la falsificación de cuadros. En este caso, lo que se produce no es un plagio, sino una estafa, porque no se hace pasar la obra copiada como propia, sino como del autor del que se ha copiado. La atribución de la autoría no es hacia el copiador, sino hacia el copiado. Es un acto que encaja bien el tipo del 248 del Código Penal.

 Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno.

También existen varias sentencias que confirman esta teoría. La copia de cuadros es un negocio bastante antiguo que desgraciadamente se sigue produciendo hoy. Tanto en este caso como en el del plagio se conculcan derechos morales, pero es especialmente relevante el hecho de que se vulneren también los derechos de explotación, que son los que, en la práctica, conducirán a la existencia de un litigio. Y la línea entre la inspiración y el plagio será siempre difusa. La moda es un buen ejemplo, puesto que lo que conocemos como tendencias no es más que la manifestación de este fenómeno. Acabemos recordando que Aristóteles decía que el arte era imitación, y que hasta las citas más consagradas se plagian. Era intención de Intellectualis acabar este tema con una cita habitualmente atribuida a Einstein, pero oh sorpresa, su autoría está disputada. En todo caso, el secreto de la creatividad es saber cómo ocultar tus fuentes. ¡O no!

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